Mucho, mucho ruido


ruido.

(Del lat. rugĭtus).

1. m. Sonido inarticulado, por lo general desagradable.

Uno de los inconvenientes de vivir en una gran ciudad, y más aún en el centro de la misma, es algo que no se ve, pero se nota a cualquier hora del día, sobre todo en las noches de verano: EL RUIDO.
No me gustaría que una ciudad como la mía, Madrid, estuviera siempre en silencio, ya que la actividad cultural, deportiva, empresarial o de compras es básica en toda ciudad que se precie. Pero hay que diferenciar ese run run habitual (cuando no lo oyes, es cuando percibes la necesidad del cuerpo de ‘desconectar’). El ruido, como parte del sonido, me recuerda a la referencia a lo negativo. Un compañero de trabajo, componente de una banda de música en sus tiempos libres, me dijo una vez que el silencio también es sonido, por el poder de realzar las notas que tenemos ‘a los lados’.

Ahora en Agosto se produce un hecho curioso. En la mayoría de los barrios no turísticos el silencio es abrumador y la falta de tráfico hace que hasta puedas oír con nitidez las ‘conversaciones’ de los diferentes tipos de pájaros que habitan en casas y árboles de las calles. Las noches también son de silencio, pues los pocos sonidos que hay se ven aumentados por la indispensable apertura de ventanas en las casas no equipadas con aire acondicionado.

Aunque todavía no toda la Red de Metro de Madrid tiene cobertura de móvil, ya empezamos a sufrir (como en los autobuses tiempo ha) de los cafres que, pensando que están en la selva, se dedican a explicar a sus amigos todo tipo de cosas, sin tener en cuenta de que los demás también nos enteramos y no es de recibo tantos gritos cuando otros quieren leer o descansar unos minutos.

Hemos dejado aparte los centros de pueblos y ciudades, y más ahora con las innumerables fiestas propias de las verbenas y conmemoraciones de vírgenes y patrones. Se puede y debe entender el derecho de todos a divertirse, salir a cenar, al cine, teatro o conciertos propios del veranito. Así también se fomenta el turismo, sacrosanto salvador de la economía española y se consume, provocando con ello un movimiento del dinero.

En ocasiones, esos alegres y festivos ciudadanos, al llegar la noche, se olvidan de que en esas calles de celebración o de paso entre uno y otro lugar de pachanga, hay pisos y casas con personas con sueño. Nadie duda de que la mayoría de los fiesteros no quieren fastidiar el descanso de los demás.

Digo yo que habrá técnicos municipales, a cargo de los diferentes ayuntamientos, gerentes de las empresas contratadas por los consistorios e incluso vecinos afectados por el ruido, interesados en poder compatibilizar ambos derechos, el de reunión para divertirse y el descansar en tu propio domicilio.

Joaquín Sabina, en una de sus actuaciones musicales, hablando sobre el susodicho ruido.

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